Sunday, October 23, 2005


Acerca de la caducidad de esta democracia

“¿Y ahora quién nos liberará
de nuestros liberadores?”
(Nicanor Parra)


Hubo una época en que la gente (alguna gente, claro), rayaba en las paredes cosas tales como "seamos realistas, pidamos lo imposible”. Un tiempo en que el horizonte era el límite y como éste, en una muestra de su infinita sabiduría, siempre estaba más allá del alcance de la mano, nos hacía esforzarnos por estar a la altura de su ensanchamiento geográfico con sueños, que si no lográbamos, al menos creíamos merecer. Una época en que a nadie le ruborizaba que lo señalaran de utópico, soñador o poeta. Un tiempo en que la gente, en muchas partes y en muchos idiomas, sonreía por la palabra futuro escrita, al menos así lo parecía, desde un presente muy prometedor.

Esa época, claro, ya no está y, obvio, no fue todo lo maravillosa que esperamos. No entonces. Y no ahora. Si no, cómo podríamos explicarnos, metáfora mediante, que a vuelta de página los libros sigan escribiéndose con los mismos tipos ajenos de editores poco amables, que más parecen hacerlos para ellos y contra toda consideración por los lectores. Una época (otra), en que las calles se vaciaron de personas, los muros se borraron de colores y las voces se apagaron. Otro tiempo. Uno en que nuestro país, la hermosa casa esquina con vista al mar que fuimos, se llenó de carteles de ‘se vende’ o ‘se arrienda’, y sus barrios fueron transformados en condominios, las plazas en centros comerciales y nuestra ciudadanía dejó de provenir de nuestra condición de habitantes de la ciudad, misma que solía hacernos sujetos de derechos políticos, para comenzar a hacerlo de nuestra capacidad o incapacidad de consumo.

Ahora, con el mercado como “la mejor red social” según la poco feliz imagen de Tironi (o como el real delimitador del bien y del mal, de otra forma), los sueños parecen escribirse con el puño cerrado, no ya porque así se los defienda o exija como en otros momentos, sino porque su alcance viene marcado por lo posible, esa limitada extensión acordada entre las cuatro paredes, el piso y el techo de las casas de nuestra clase política y económica que, curiosidades del lenguaje, cada tanto nos cita a las urnas no sabemos si para ver nacer la democracia o para ayudarla a morir. “No se puede ir más allá de lo posible”, apunta Enrique Correa, y uno, crecido en la lógica del tejo pasado de las negociaciones/confrontaciones con las autoridades universitarias de fines de la dictadura, se pregunta para qué lanzarlo si hasta el sitio de su caída pareciera estar definido.

Hubo otra época, otros actores y otros anhelos. Un tiempo distinto... pero quizá no tanto. ¿O acaso no hubo entonces, como ahora, amables invitaciones a cruzarnos de brazos porque la Historia era de otros y otros, conforme a ello, podían guiarnos hacia su encuentro mejor de cómo nosotros mismos podíamos siquiera pensar? ¿No se dijo entonces, como ahora e incluso mucho antes, que a las masas había que conducirlas, a los pobres darles techo y pan, o a las mujeres discriminarlas positivamente? ¿No hubo, por aquí o por allá, apoderados siempre dispuestos a representarnos y ser la voz de los sin voz, la punta de lanza de procesos democratizantes, el foco para su posterior desarrollo?

Cantando una vieja canción de Serrat que dice que “una vida sin utopías es como un ensayo general para la muerte”, y aunque la ‘cordura’ mande confesarnos ‘realistas’, me anoto en la fila de los soñadores, aunque no en la de los dormidos, y me resisto a creer que la realidad es una, lo posible esto, y la democracia solo una raya vertical sobre otra horizontal que cada cuatro, seis u ocho años se (hace como que se) nos pide. No vaya a ser cosa que esa sea la estrategia y cada uno de nosotros, en su casa y frente a la pantalla de un nuevo aparato de TV –cada vez más plano, sea por su tecnología, sea por lo que muestra–, terminemos pensando que eso es la democracia: un ejercicio que otros juegan y uno observa.

Leonardo Piña Cabrera

1 Comments:

Blogger Ricardo A. Pastene said...

Estimado Señor Piña Cabrera,

junto con comentar y adherirme en cierto modo a su artículo, usaré estas líneas para responder a NR quien además de "subir" defectuosamente mi modesto primer comentario de felicitaciones al equipo del blog, encajándome un apelativo que no me retrata, ("Don" , y puesto después del sust. nominal, no se aviene con la real y castellana sintaxis), ,... y además de comentar que mis líneas fueron elípticas, quiero hacerle ver a NR que las elípsis son parte significante de cualquier relato: el quid es que lo omitido pasa por la cabeza del lector. Y finalmente, respecto de la publicación, debo decir que sólo intenté describir literalmente mi reacción al ver a la Marianne de Delacroix como imagen catártica y apostólica de este noble espacio de conversación y diálogo, a que Jorge Edmundo nos convocara. Dicho sea de paso ello escondía el nudo fundamental de mi escrito. "Las apariencias: Marianne y el pueblo vs Los Robespierre y sucesivos.)

Al grano entonces,... más allá de estar decididamente de acuerdo con su mirada retrospectiva, tan quirúgica y hermenéutica, a "otros tiempos, otras épocas",... no puedo sino plantearle mi paulatino cansancio frente a tales quejas, no necesariamente respecto de los asuntos que Ud. menciona como "pérdidas de sentido",... sino por la suerte de diagnóstico con el que Ud. prentende concluir. Y aquí vengo a continuar mi primer comentario, (tan poco comprendido por don NR por lo demás),...

Cuando un personaje como el inefable señor Tironi nos comparte sus investigaciones respecto del estado actual de nuestra sociedad, algunos tendemos a discrepar visceralmente de él,... en los últimos tiempos, sin embargo he debido recapacitar en algunos de sus planteamientos, el hombre aun cuando es un mercader de las ideas, no es en ningún caso un mentiroso. ¿Qué es eso entonces que nos provoca tanta compulsa adveniza? A mi ciertamente, sus concretizaciones mediáticas no me me gustan, son generalizadoras y por ende poco universales, (entiéndase Faundez y sus otros arquetipos), pero hay algo en el fondo que me parece irredargüible: hemos cambiado y no hacia un lado concreto,... sin duda no hacia el lado que Ud. o yo quisiéramos tampoco señor Piña Cabrera. Y de eso hay que necesariamente hacerse cargo.
Cuando yo aludo a la debacle producida por la industrialización capitalista y su respectiva globalización neoliberal,... incorporaba elítipticamente como diría NR, el fondo de su queja,... pero claramente me parece que no compartimos los diagnósticos. Desde esa perspectiva, lo que para mí resulta concluyente es que las personas dentro de una sociedad están atadas a las reglas que ellas mismas han optado por darse. Señalaba frente a eso y como única solución alternativa teórica, la vía anárquica. Pero como sabemos en el juego de la fuerza el que tiene más siempre vence, por que es un juego de poder. Y la fuerza de las ideas, no opera por sí misma, opera por gente que las pone en práctica y aquí viene una primera diferencia y en rigor un diferente diagnóstico: ¿qué hace que hoy las personas hayan dejado de creer en lo que se escribía en las paredes en otros épocas y lo que se pensaba en aquellas, y lo hayan cambiado por tv's, autos, y ambición de status? (Algunos llaman a esto último "bienestar social" y "calidad de vida". Esto no lo acoto irónicamente.)

¿Sabe que páso a mi juicio? Pasó que dejaron de haber manos y cuerpos que se trasladaran hasta las murallas a seguir escribiendo,... de que lo que pensamos en nuestras casa ya no necesariamente pareciera "útil" (aconsejable) ponerlo en juego en las paredes y en las calles y en los trabajos y las fábricas,... bueno me dirá Ud., porque hay que trabajar, que tengo que darles educación a mis hijos,... no quiero perder mi trabajo,... A mi modo de ver, más que nada es que lo que ha ocurrido es que no sólo se han transformado las relaciones laborales y productivas, sino que se han tranformado las relaciones humanas en general,... De ahí mi propuesta a amalgamar nuestros espacios privados y públicos como un sólo territorio en nuestro devenir,... puesto que ello será el escenario concretizable de un verdadero cambio de las relaciones humanas, hacia una convivencia desprovista de generalizaciones y prejuicios, en suma un espacio de confianza. por qué pienso esto, porque creo que el miedo, una suerte de estado de miedo es lo que nos tiene paralizados, olvidados. Romper ese miedo pasa solamente porque cada uno de nosotros, de casa en casa, construyamos nuestro mundo privado con las puertas abiertas al mundo. Es la única manera a mi entender de que esas utopías vuelvan a las paredes de las ciudades y a los corazones de las personas,... dejar de pensar que los responsables de lo que vemos, vivimos y sentimos, son la clase política,... de hecho puedo decirle a ese respecto que nostros tenemos la clase política y los gobernantes que nos merecemos,... ¿cómo si no? El nivel de acostumbramiento no depende de nuestras puras ganas de que algo cambie,... tiene directa relación con lo que hago desde que me despierto hasta que me vuelvo a acostar, todos los días, hasta que no tenga que hacerlo más. Desde el buenos días a mi hijo, a mi pareja, a mi compañero de trabajo, al desconocido de la micro,... etc. etc.

¡Sursum Corda señor Piña Cabrera!

11:58 AM  

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